
El antiguo tocadiscos pasaba la melodía que acompaño a Marta a lo argo de tantos años y sabores; subiéndola más y más.
Ahora, ala mitad de sus días, volvía esa constante, aquellas notas de Bach saltaban, repiqueteaban otras, y, en ella también, pero no compases sino tanto vivir, tanto hacer, tanto correr.
Miró a su alrededor la profunda quietud; todo tan equilibrado y perfecto. Había llegado, porque allá a sus veinte años pensó que podía, y udo!
Sonrió mirando al infinito, a través de dos lágrimas. Reía y lloraba. Era feliz. La música se detuvo, para dar ligar al timbre de su vivencia, en él una correspondencia. Una carta de Juan.
Nuevamente varias melodías la inundaron.
Ahora, ala mitad de sus días, volvía esa constante, aquellas notas de Bach saltaban, repiqueteaban otras, y, en ella también, pero no compases sino tanto vivir, tanto hacer, tanto correr.
Miró a su alrededor la profunda quietud; todo tan equilibrado y perfecto. Había llegado, porque allá a sus veinte años pensó que podía, y udo!
Sonrió mirando al infinito, a través de dos lágrimas. Reía y lloraba. Era feliz. La música se detuvo, para dar ligar al timbre de su vivencia, en él una correspondencia. Una carta de Juan.
Nuevamente varias melodías la inundaron.
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